Apuntarse a algo

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Hace casi tres meses que tengo el blog abandonado, entre tanto (parece que) he encontrado trabajo y saldé con intereses la deuda de tiempo con mis padres tras los cinco años en Rusia. He dedicado horas a equipar someramente mi casa para poder mudarme y ser de nuevo independiente. Por el camino me han salido callos en las manos de atornillar muebles, he descubierto que ‘canapé’ no son solo esos engañabobos de las bodas y ‘cómoda’ no es un adjetivo sinónimo de a gustito. En la ferretería de Hernani me saludan ya por mi nombre y hasta he empezado a seguir en Instagram cuentas de interiorismo, que se mezclan ahora en mi feed con rusitas cachondas y negrazos de la NBA.

progress-loading-bar-ui-indicator-text-animation-web-design-template-interface-white-screen-69650880La barra de mi proceso de repatriación va completándose. Ya no vivo en el pueblo bajo el techo de mis padres, envuelto de familiares, sino en la ciudad, con mi hermano a tiro de piedra pero rodeado de desconocidos, como en Moscú. Y eso que intento hacer barrio, doy coba al portero, al de la tienda de quesos y a mi vecina, la “señorita” Conchi, esa mujer en sus cincuenta que se sabe la vida de toda la comunidad, que le encanta contarla y en general forma parte del decorado de toda escalera de vecinos en la capital del reino.

Perdí algunos amigos de Madrid durante mi periplo ruso, contaba con ello, los mejores los guardo y he hecho otros pocos nuevos a mi llegada, pero a todos los veo menos de lo que me gustaría. Es lo que tiene hacerse viejo, que montas muebles y el tiempo se encarece. Y tras todo este circunloquio llego a lo que os quería contar, la necesidad de conocer gente, al fin y al cabo nunca había residido en Madrid ciudad. En el extranjero haces piña con inmigrantes como tú, todos sois nuevos y estáis solos, fuera de su hábitat la gente se abre por pura supervivencia, pero de vuelta a la patria los círculos sociales están ya formados y no es tan fácil acceder.

Necesitas un abrelatas y el más evidente parece ser ‘apuntarse a algo’. Somos la primera generación que pasó las tardes de infancia y juventud en ‘actividades extraescolares’, en judo, inglés o natación, ese invento de los padres de los noventa para tener entretenidos a los críos ‘al salir de clase’. Y el invento se convirtió en acervo y aquellos niños, hoy adultos, lo han asumido como propio. Todo dios está apuntado a algo, el que no hace pilates hace yoga, el que no va al gimnasio es runner o juega al padel, y si no son clases de cocina vegana son de bailes latinos. Se crean tribus urbanas que hablan un lenguaje casi en clave y lo publicitan en redes sociales. “Piensa, Víctor, en algo que te guste, que siempre te apeteciese hacer y no pudiste”. Y he aquí el problema, tras años viviendo al día y bien lejos de casa, sin demasiado tiempo para mí, he debido quedar atrofiado porque sencillamente no lo sé.

Mi experiencia fuera, ¿ventaja o hándicap?

repInvertí no poco tiempo, dinero y desvelos en un idioma, el ruso, que hablan 300 millones de personas y luce exótico en el currículum, pero que no aporta el más mínimo valor diferencial en el mercado laboral español, por el sencillo motivo de que apenas hay empleos relacionados con Rusia, desde luego ninguno en mi sector. Si algún día los hubo, debió ser antes de la crisis económica. El número de turistas rusos ha caído en picado desde 2012, un hostia no solo para el sector turístico sino también para el inmobiliario, las marcas de lujo y todo lo que va detrás. España, por otra parte, no compra ni armas ni gas, principales exportaciones de Moscú, con lo que no hay empresas rusas operando aquí. Resumiendo, son dos países con escasos lazos comerciales y menciono el ruso en el currículum más por fardar que otra cosa.

Hablo también inglés fluido, en serio, fue el idioma que usé en casa estos años. Pero el inglés tampoco aporta valor diferencial en una primera criba, ya se sabe que en España todos los colegios se han vuelto ‘bilingues’ y sobre currículum cualquiera lo habla nivel ‘sekspir’. Mi primera etapa en la búsqueda de empleo es quedar con conocidos, compañeros de sector, para oficializar mi regreso, pedirles consejo y que enciendan el radar, convertirles en mis ‘representantes’ por si llega a sus oídos alguna oportunidad. Me repiten que mi tiempo fuera es una tremenda experiencia, que con un bagaje así no debe costarme encontrar trabajo. Pero cuesta, porque la cultura empresarial en España es históricamente de pánico a contratar, pesan además los años de crisis y la rigidez normativa, así que son conservadoras en su elección. No seré yo quien las juzgue.

Pero ese prejuicio es un hándicap para el repatriado, cuyo perfil acostumbra a ser más bien heterodoxo y ya se sabe que lo distinto genera recelo. Contratar se percibe en España como poco menos que una boda, y uno no se casa con el rarito. No es un perfil mejor ni peor, pero del punto A al C el repatriado pasó por J y no por B, cortociruito. Si tu espectro laboral está en la empresa privada, definitivamente encontrarás tu nicho en las multinacionales, que por lógica valoran más que de veras hables idiomas y esa perspectiva de haber residido en el extranjero.

Al final hay días en que te levantas cenizo, te planteas si no fue un error volver, salir de la zona de confort, pero luego recuerdas que no es la primera vez que empiezas de cero y te pones en pie, lo hiciste en país ajeno y lo puedes repetir en el propio, es el sino de nuestra generación.

Volver sin trabajo o quedarte para siempre

124473_4de88a0fe17e61d0edd5b0f90d0c3df8La alternativa era perpetuarme en Rusia, así que me puse una fecha y simplemente me marché, dejando atrás un empleo estable y sin un trabajo que me esperase. Muchos en España me toman por insensato cuando lo explico, no lo entienden, pues hay un pánico cultural al desempleo, por otra parte bastante justificado. El sueldito, la estabilidad, la hipoteca… Todos los axiomas de abuela cortocircuitan con mi historia, que en realidad es la de casi todos los que vuelven o quieren volver. Porque, salvo que seas un alto directivo, un científico reputado o trabajes en un sector muy próspero, es una utopía encontrar desde miles de kilómetros un trabajo en España, que las empresas llaman para entrevistar mañana y empezar el lunes. “Me di cuenta de que sería muy difícil encontrar empleo desde la distancia, así que decidí volver sin nada”, me explica por email Ángela, que ha regresado tras siete años fuera. En realidad, continúa, uno no vuelve sin nada, ya que tienes un cojín’ de gente, familia, casa… “no es un empezar de cero del todo”.

Regresar es un riesgo y requiere lo primero una cura de humildad, entender que no llegas a mesa puesta, que de hecho cambias cabeza de ratón por cola de león. No cuento Inglaterra, Francia o Alemania, que se vive bien y tienes Ryanair, pero no son ratón y difícilmente estás en la cabeza, pues la competencia es feroz, inmigrantes por doquier incluidos españoles.  Me refiero a los que se han ido a los confines del mundo, Indonesia, Sudáfrica, Kazajistán… Cuanto más lejos e inhóspito el destino, menos españoles, lo que reduce la competencia y convierte tu perfil en diferencial, especialmente si trabajas en sectores relacionados con el idioma. Era mi caso en Rusia, periodista, pagado por encima de la media de mercado, igual que profesores de castellano y educadoras. Por cierto, conocí también a varios entrenadores de fútbol, que debe ser la parcela con más prestigio y fuerza de la ‘Marca España’. Recuerdo que durante una temporada escribí una columna semanal en uno de los principales diarios de Rusia, Izvestia, soltaba cuatro tópicos de barra de bar sobre Guardiola y Mourinho y me presentaban como “experto”.

Si ya de por sí las condiciones laborales medias en España no son boyantes para titulados superiores, en esos sectores relacionados con el idioma la hostia del regreso es doble. ‘800 candidatos ya inscritos’, me dice Linkedin en una oferta que casa con mi perfil. Y como hay tanta competencia, las condiciones que se ofrecen caen dramáticamente. “Mejor no hablar del sueldo y condiciones, si uno piensa en eso no vuelve. Hay que dejar de comparar”, receta Ángela. Se trata sencillamente de darle otra oportunidad a España, al menos intentar el regreso, por todas esas cosas que no son trabajo, porque para hacer de nuevo las maletas siempre se está a tiempo.

La tourné burocrática del aterrizado

1666777.jpgComo habréis imaginado por el titular, traigo un tema la mar de sexy: la burocracia. Volver es tan sencillo como coger un avión y no marcharse más. VOLVER, con mayúsculas y efectos legales, es un proceso algo más complejo. Personalmente, lo primero que hice fue agenciarme una tarjeta de teléfono y un número español, que estaba hasta los huevos de ratonear wifi en bares y casas de amigos cada vez que venía de visita. Convertirte en un españolito residente más, con todas tus tarjetas al día y derechos vigentes, requiere una o dos mañanas de trámites. Tampoco os asustéis, nada puede ser peor que lidiar en lengua extranjera con burócratas de un país ajeno, especialmente uno de pasado comunista, como era mi caso, que tantas veces me sentí como Asterix en las 12 pruebas. Aquí una pequeña guía práctica para VOLVER a España…

– Lo primero es empadronarse, siempre que sea necesario, pues muchos no se registraron en el consulado del nuevo destino, primero porque no es obligatorio y segundo y principal porque conlleva necesariamente la baja en el padrón español previo y por consiguiente la pérdida de la cobertura sanitaria en España. Y es que en 2012, para ahorrarse cuatro perras, el Gobierno aprobó por decreto suprimir la asistencia sanitaria a los españoles que pasen más de 90 días al año en el extranjero. Más información aquí. El empadronamiento se hace en el Ayuntamiento o Junta de distrito correspondiente, en mi caso tuve que esperar turno durante unas dos horas porque una funcionaria se tomó 70 minutos de pausa de café. Se lo debieron poner calentísimo y tuvo que soplar. Los documentos que tienes que presentar son tres. Por una parte, DNI en vigor. Por otra, el formulario (aquí un ejemplo), que te dan a la entrada si lo pides. Se rellena en un periquete, pero necesitarás la firma de consentimiento del titular de la vivienda (o del contrato de alquiler) si no eres tú mismo. En mi caso, mi padre. El tercer documento a presentar es algún justificante del nuevo lugar de residencia, para lo que sirvió con un recibo del agua en el que aparecía el nombre completo de mi padre y la dirección de la vivienda.

¿Necesitas también la carta de baja de registro que me firmó el cónsul de Moscú?, pregunté por darme importancia. “En realidad no, pero ¿podría verla por curiosidad?”. Éramos tres colmenareños viviendo en Moscú, alguna vez hablamos de tirarnos una foto en la Plaza Roja y enviársela al alcalde, pero vamos por el tercero consecutivo investigado por prevaricación, el último por cierto no tiene ni el bachillerato. Desistimos. Si después de empadronarte piensas darte de alta en el INEM, como era mi caso, necesitas pedir un documento exprofeso al funcionario. Por cierto, descubrí días después que cuando cambias de lugar de empadronamiento la renovación del DNI es gratuita: 11 cucus me ahorré.

Inscribirse en el INEM. Si has trabajado en un país de la UE podrías tener derecho a prestación por desempleo en España merced a un convenio comunitario (más información aquí). No era mi caso, pues coticé fuera de la UE, en Rusia, que es como el que tiene un primo en Graná. Por experiencia propia soy escéptico sobre la utilidad de los recursos del INEM (búsqueda y formación) para desempleados de cierta cualificación, titulados superiores, etc, en todo caso no desistí de inscribirme, para que al menos conste en acta mi regreso y situación. De todas formas, y según la circunstancia, la inscripción en el INEM puede ser necesaria para obtener cobertura sanitaria.

Tarjeta sanitaria. En España tienen derecho a cobertura los ‘asegurados’, así como los beneficiarios de un ‘asegurado’: cónyuge e hijos. ¿Quiénes son los ‘asegurados’? A saber: trabajadores en activo afiliados a la Seguridad Social, pensionistas, desempleados con prestación y desempleados sin prestación que figuren como demandantes. A este último supuesto me refería en el punto anterior, sobre la necesidad de inscribirse en el INEM. En mi caso pude acogerme a la cartilla de mi padre, que es ‘asegurado’ (pensionista). En concreto, como me había registrado en el Consulado de Moscú, había perdido la cobertura sanitaria española, por lo que mi padre tuvo que inscribirme específicamente en su cartilla.

La soledad del forastero

best-films-about-lonelinessEl regreso del repatriado tiene poco que ver con el del erasmus, un pipiolo que se marcha para unos meses, a gastos pagados y con fecha de retorno fijada. Cuando uno se marcha para trabajar lo hace un poco más viejo y sin certezas, ya no de una fecha de regreso, sino del regreso en sí mismo. Te vas con veintimuchos y regresas con treintaypocos, cinco años fuera en que la vida de tu gente, sorpresa, ha seguido su curso sin tí. Los amigos no habrán cambiado de escenario pero sí han cambiado, tienen pareja estable, menos pelo y menos tiempo, cuesta un mundo quedar. Ya no se habla del equipo de fútbol sala o de la farra del sábado pasado, la BDE ha engullido la conversación, bodas, despedidas y embarazos, y yo me siento como Mick Jagger en misa de once. No es que los expatriados no se casen ni tengan hijos, pero viviendo fuera sientes menos presión social y se tiende a aplazar ciertas fechas para estirar la vida de truhán. Y tampoco es que el día a día del inmigrante destaque por la estabilidad, laboral o burocrática (papeles), requisito deseable para algunos de esos pasos.

Conviene también asumir que quien más ha cambiado eres tú, y no necesariamente a mejor, por muy viajado y cosmopolita que te veas a ti mismo. Vuelves con nuevos hábitos y prejuicios adquiridos, los propios de pasar años en otra sociedad, salvo que vivieses en un invernadero, rodeadito solo de españoles, que también los hay.

Cuando me mudé tanto a Rusia como a Bélgica, mi Erasmus allá por el pleistoceno, hice una inversión en gente. Es decir, recién aterrizado traté de salir lo más posible, incluso cuando el cuerpo me pedía hacer la croqueta en el sofá. No rechazaba ningún plan social, para conocer así gente nueva, ampliar el círculo y evitar la soledad del forastero. En España sí conozco a gente, pero es un error asumir que tras tanto tiempo tus amigos te esperan con los brazos abiertos. Los grupos de whatsapp y las dos veces al año que alternabas con ellos, cuando pasabas de visita durante tus años de expatriado, no significan más que eso. Hay que ganárselos de nuevo, invertir, al menos un poco. Concentrarse solo en el aterrizaje laboral y dar por sentada la readaptación social sería como vender el coche para comprar gasolina. Al fin y al cabo, el mercado laboral español sigue siendo un hueso, si no fuese porque está aquí nuestra gente, ¿para qué regresar?

El complejo estrella de rock

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Es una de las adicciones inconfesables de los expatriados, sentirse una estrella del rock en los pocos días al año que pasan de visita por el pueblo. Da igual si en el país donde vives eres el rey del mambo o limpias vasos en un pub de mala muerte, cuando regresas por navidad te sientes Bon Jovi en persona. Te faltan días para quedar con todos, empacharte de pulpo a feira y colgar las fotos en feisbuk. “Pues pronto saldrás en Españoles por el mundo, ¿no?”. Eres el centro de atención en las reuniones familiares y tus amigos te preguntan con interés y fascinación. Y no es para menos. Traes regalos exóticos con historia detrás, sales por la radio y tienes mil batallitas que contar, desde tus éxitos profesionales a las desventuras con las lugareñas y sus autoridades. El tiempo pasa más rápido cuando vives fuera. “Tenéis que venir a visitarme, primavera es la mejor época”. Eres la pura imagen del éxito, y cuanto más pequeño sea el pueblo, mayor la admiración. “Venga, dí unas palabras en ruso que te escuchemos”.

Bien, pues prepárate para colgar los pantalones de cuero, como repatriado ya no eres una estrella del rock. Ahora molas la mitad. Algunos, incluso, al enterarse de tu regreso poco menos que te dan el pésame: ‘Ánimo, tío’. Los amigos ya no mueven agenda para quedar contigo, porque no vienes para unos días sino que desde ahora vas a estar sencillamente a mano. Eres uno más. Cuando quedo con ellos, como terapia, evito hablar de Rusia, no compararlo todo con mi antiguo país, aunque todavía me lo pida el cuerpo, al menos no verbalizarlo, para no anclarme en el pasado o resultar pedante. Pero no siempre lo consigo, al fin y al cabo vengo de vivir cinco años allí y ganarme la vida como periodista precisamente contando Rusia.

Visto en perspectiva el complejo estrella del rock es una farsa, la mayoría estaba en tu cabeza, la adrenalina propia de las vacaciones y de visitar a tu gente tras meses sin verla. Y por muy artificial que fuera, no negaré que se echa un poco de menos, un placebo para las miserias del expatriado, que las tiene igual que la estrella del rock. Pero esta, como cualquier adicción, tiene también terapia paliativa. Cuando todos nos fallan quedan las madres y abuelas, nuestras groupies más fieles, ellas escuchan nuestros desvelos con el interés genuino de siempre, hayamos triunfado o fracasado allende el mar, porque para ellas siempre seremos Bon Jovi.

El aterrizaje

8099677352_2f27c5054c_cHe regresado a Madrid tras cinco años viviendo en Moscú. Con estas líneas inauguro este blog, en el que pretendo contar durante un año batallitas de mi aterrizaje y reinserción en la vida española, la que algunos están emprendiendo y otros se plantean. Después se autodestruirá, como los mensajes del inspector Gadget, porque llega la rutina, te acostumbras y dejas de ser un repatriado para ser sencillamente el vecino del 3º A.

“Claro, si es que a los españoles al final nos tira mucho la tierra”, me dijo un vecino en Mercadona, decepcionado porque no volvería a escucharme por la radio. El país también influye, repliqué. De Australia y Suiza regresan pocos, pero tampoco es que Rusia tenga la calidad de vida de la Toscana. Hice en Moscú, eso sí, un saco de amigos y tenía un trabajo bien remunerado. Pero laboralmente me estaba dando ya en el techo y, según pasa el tiempo, te pesan los capítulos que te pierdes de la vida de los tuyos. Y te planteas aquello del punto de no retorno, ese momento en que ya no puedes volver y pretender adaptarte.

La mayoría de los extranjeros occidentales que viven en Moscú son hombres y están casados con una rusa de bandera, el tipo de belleza al que difícilmente aspirarían en su pueblo. O regatean el compromiso y apuran la vida golfa, que Rusia en la era Tinder es la Fábrica de Chocolate. En mi caso no me ataba una razón de fuerza mayor, rusa, hijos o hipoteca, como para continuar en un país con un clima de mierda y en clara recesión económica. A veces me planteo si no será cosa mía, que me llevo la crisis en la mochila allá donde voy, porque cuando llegué a Moscú ataban aún a los perros con longaniza, con el petróleo por las nubes y los rusos gastando a manos llenas. Claro que lo mismo pensarán los que emigraron a Brasil o Golfo Pérsico.

El día antes de marcharme pasé por el Consulado para darme de baja en el registro. Guardaba la esperanza oculta de que el funcionario se alegrase al menos un poquito por el regreso de un titulado superior. Entre 2012 y 2014 emigraron más de medio millón de españoles de entre 18 y 35 años, según datos del INE, una cifra que además no recoge a los que no se dieron de baja del padrón para conservar la cobertura sanitaria. De aquellos que se marcharon la abrumadora mayoría tenían titulación universitaria, en otras palabras, fuga de talento. España se gastó el dinero en formarlos durante 25 años y otros países recogerían los frutos, con los impuestos de su trabajo. Una ecuación ruinosa para el Estado que sospecho le resbalaba al funcionario, pese a que su sueldo sale precisamente de los impuestos. “Pues nada, majete, que te vaya muy bien”, me dijo mientras cerraba la puerta.

Tras cinco años fuera decidí que merezco un par de meses sabáticos junto a mis padres (bueno, se lo merecen sobre todo ellos), un periodo de transición para descomprimir antes de independizarme de nuevo, aunque esta vez será más cerca. Así que me recogieron en el aeropuerto y entré con la casa a cuestas en mi antigua habitación, que es como una máquina del tiempo, empapelada con fotos del erasmus y posters de las que fueron mis películas y grupos de música fetiche. En el escritorio, una montaña de cederrones (palabro cortesía de la RAE) que ya no puedo escuchar porque mi ordenador actual no tiene disquetera. Qué viejos nos hacemos, oiga. Mi madre ha preparado croquetas y tortilla, y en mi cabeza se repite en bucle la canción de Gardel, porque “el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar”.