El aterrizaje

8099677352_2f27c5054c_cHe regresado a Madrid tras cinco años viviendo en Moscú. Con estas líneas inauguro este blog, en el que pretendo contar durante un año batallitas de mi aterrizaje y reinserción en la vida española, la que algunos están emprendiendo y otros se plantean. Después se autodestruirá, como los mensajes del inspector Gadget, porque llega la rutina, te acostumbras y dejas de ser un repatriado para ser sencillamente el vecino del 3º A.

“Claro, si es que a los españoles al final nos tira mucho la tierra”, me dijo un vecino en Mercadona, decepcionado porque no volvería a escucharme por la radio. El país también influye, repliqué. De Australia y Suiza regresan pocos, pero tampoco es que Rusia tenga la calidad de vida de la Toscana. Hice en Moscú, eso sí, un saco de amigos y tenía un trabajo bien remunerado. Pero laboralmente me estaba dando ya en el techo y, según pasa el tiempo, te pesan los capítulos que te pierdes de la vida de los tuyos. Y te planteas aquello del punto de no retorno, ese momento en que ya no puedes volver y pretender adaptarte.

La mayoría de los extranjeros occidentales que viven en Moscú son hombres y están casados con una rusa de bandera, el tipo de belleza al que difícilmente aspirarían en su pueblo. O regatean el compromiso y apuran la vida golfa, que Rusia en la era Tinder es la Fábrica de Chocolate. En mi caso no me ataba una razón de fuerza mayor, rusa, hijos o hipoteca, como para continuar en un país con un clima de mierda y en clara recesión económica. A veces me planteo si no será cosa mía, que me llevo la crisis en la mochila allá donde voy, porque cuando llegué a Moscú ataban aún a los perros con longaniza, con el petróleo por las nubes y los rusos gastando a manos llenas. Claro que lo mismo pensarán los que emigraron a Brasil o Golfo Pérsico.

El día antes de marcharme pasé por el Consulado para darme de baja en el registro. Guardaba la esperanza oculta de que el funcionario se alegrase al menos un poquito por el regreso de un titulado superior. Entre 2012 y 2014 emigraron más de medio millón de españoles de entre 18 y 35 años, según datos del INE, una cifra que además no recoge a los que no se dieron de baja del padrón para conservar la cobertura sanitaria. De aquellos que se marcharon la abrumadora mayoría tenían titulación universitaria, en otras palabras, fuga de talento. España se gastó el dinero en formarlos durante 25 años y otros países recogerían los frutos, con los impuestos de su trabajo. Una ecuación ruinosa para el Estado que sospecho le resbalaba al funcionario, pese a que su sueldo sale precisamente de los impuestos. “Pues nada, majete, que te vaya muy bien”, me dijo mientras cerraba la puerta.

Tras cinco años fuera decidí que merezco un par de meses sabáticos junto a mis padres (bueno, se lo merecen sobre todo ellos), un periodo de transición para descomprimir antes de independizarme de nuevo, aunque esta vez será más cerca. Así que me recogieron en el aeropuerto y entré con la casa a cuestas en mi antigua habitación, que es como una máquina del tiempo, empapelada con fotos del erasmus y posters de las que fueron mis películas y grupos de música fetiche. En el escritorio, una montaña de cederrones (palabro cortesía de la RAE) que ya no puedo escuchar porque mi ordenador actual no tiene disquetera. Qué viejos nos hacemos, oiga. Mi madre ha preparado croquetas y tortilla, y en mi cabeza se repite en bucle la canción de Gardel, porque “el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar”.

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6 thoughts on “El aterrizaje

  1. Mucha suerte en tu vuelta, soy de los que me alegro del regreso del talento cargado de experiencia, que ayuden a mejorar los patrones económicos de este país. Os necesitemos Víctor.

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