La soledad del forastero

best-films-about-lonelinessEl regreso del repatriado tiene poco que ver con el del erasmus, un pipiolo que se marcha para unos meses, a gastos pagados y con fecha de retorno fijada. Cuando uno se marcha para trabajar lo hace un poco más viejo y sin certezas, ya no de una fecha de regreso, sino del regreso en sí mismo. Te vas con veintimuchos y regresas con treintaypocos, cinco años fuera en que la vida de tu gente, sorpresa, ha seguido su curso sin tí. Los amigos no habrán cambiado de escenario pero sí han cambiado, tienen pareja estable, menos pelo y menos tiempo, cuesta un mundo quedar. Ya no se habla del equipo de fútbol sala o de la farra del sábado pasado, la BDE ha engullido la conversación, bodas, despedidas y embarazos, y yo me siento como Mick Jagger en misa de once. No es que los expatriados no se casen ni tengan hijos, pero viviendo fuera sientes menos presión social y se tiende a aplazar ciertas fechas para estirar la vida de truhán. Y tampoco es que el día a día del inmigrante destaque por la estabilidad, laboral o burocrática (papeles), requisito deseable para algunos de esos pasos.

Conviene también asumir que quien más ha cambiado eres tú, y no necesariamente a mejor, por muy viajado y cosmopolita que te veas a ti mismo. Vuelves con nuevos hábitos y prejuicios adquiridos, los propios de pasar años en otra sociedad, salvo que vivieses en un invernadero, rodeadito solo de españoles, que también los hay.

Cuando me mudé tanto a Rusia como a Bélgica, mi Erasmus allá por el pleistoceno, hice una inversión en gente. Es decir, recién aterrizado traté de salir lo más posible, incluso cuando el cuerpo me pedía hacer la croqueta en el sofá. No rechazaba ningún plan social, para conocer así gente nueva, ampliar el círculo y evitar la soledad del forastero. En España sí conozco a gente, pero es un error asumir que tras tanto tiempo tus amigos te esperan con los brazos abiertos. Los grupos de whatsapp y las dos veces al año que alternabas con ellos, cuando pasabas de visita durante tus años de expatriado, no significan más que eso. Hay que ganárselos de nuevo, invertir, al menos un poco. Concentrarse solo en el aterrizaje laboral y dar por sentada la readaptación social sería como vender el coche para comprar gasolina. Al fin y al cabo, el mercado laboral español sigue siendo un hueso, si no fuese porque está aquí nuestra gente, ¿para qué regresar?

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